7 ene. 2011

EL BIBLIOTECARIO Y EL ROBOT


El tomo que el ex bibliotecario tenía entre las manos se titulaba “Curso rápido de programación de robots”. No era una novela de ciencia-ficción, ni un poemario futurista, ni un tratado filosófico sobre cibercultura de los que tanto le gustaban. Era simplemente eso, un arduo manual para aprender a programar criaturas artificiales. 

Esa tarde había tenido el suficiente valor como para regresar a su antiguo lugar de trabajo con la idea de renovar aquel volumen. Lo había leído ya una vez, sin comprender absolutamente nada. Pero a pesar de ello necesitaba darle una segunda oportunidad.

Al otro lado del mostrador de la biblioteca había un robot de apariencia arácnida. Su cuerpo cromado estaba coronado por una miríada de ojos mecánicos que le servían para realizar múltiples tareas a la vez. El artefacto sostenía con cuatro de sus brazos otros tantos libros. Ojeaba sus páginas a toda velocidad. El ex bibliotecario se acordó de que había leído en alguna parte que una de las funciones en las que el robot superaba al profesional humano era al catalogar varias publicaciones al mismo tiempo. Un sentimiento de nostalgia invadió durante un instante el ánimo del ex bibliotecario. Se retrotrajo a los viejos tiempos, cuando su profesión aún tenía sentido. No le costó verse a sí mismo cinco años más joven, al otro lado del mostrador, atendiendo las peticiones de sus clientes, rodeado de montañas de libros. Tampoco pudo evitar trasladarse mentalmente un poco más adelante, hasta el día nefasto en que un anciano Steve Jobs presentó ante el mundo al “perfecto funcionario”. Una de aquellas arañas de cromo de Apple hizo gala de su inteligencia humana simulada y de su gran velocidad para procesar datos, leyéndose el “Romeo y Julieta” de Shakespeare en menos de diez minutos y presentando inmediatamente después un complejo análisis del clásico.

―Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle? ―dijo la araña con una voz femenina suave que chocaba con su fisonomía.
―Deseaba renovar este libro.

La araña cogió el manual y lo pasó por delante de uno de sus ojos. Después lo colocó en la máquina de desmagnetizar. 

―Ya puede llevarse su libro.

El ex bibliotecario echó un último vistazo a su sustituto robótico. Pensó que en verdad era realmente eficiente. Y posiblemente muy barato de mantener. 

Enfiló el pasillo que conducía hasta el ascensor de la biblioteca, cuando una voz conocida llamó su atención:

―¡Don Julio! ¡Aquí!

Un hombre menudo vestido con un mono gris le llamaba desde la puerta del montacargas situado a unos metros. Levantaba sobre su cabeza una fregona como si de una bandera se tratase. Era Pep, el limpiador inquieto devorador de libros con el que tantas buenas conversaciones había mantenido en el pasado. 

―¡Hombre, Pep! ¿Cómo te va?

El hombrecillo dejó la fregona apoyada sobre la pared y se acercó al ex bibliotecario para darle un achuchón.

―¡Qué alegría verle por aquí! ¡No sabe cómo le echo de menos!
―Y yo a ti. Nuestras conversaciones eran siempre estimulantes.
―A ver qué ha sacado...―Pep cogió sin pedir permiso el libro que el ex bibliotecario llevaba entre las manos―. ¿“Curso rápido de programación de robots”? No pega nada con usted...
―Lo sé, Pep. Pero son tiempos difíciles. Hay que reciclarse o quedarse en el paro.
―Mire lo que llevo siempre encima ―y le acercó un viejo libro de bolsillo, con sus tapas negras arrugadas por el uso.
―“Antología poética de la Generación del 27”. Muy bueno, Pep. Muy bueno.
―Usted fue quien me pasó mis primeros libros de Federico García Lorca. Después yo investigué por mi cuenta al resto de los autores de aquel momento. Ahora disfruto especialmente con los versos de Luis Cernuda y de Emilio Prados.
―Ya sabe que mi favorito siempre fue Cernuda.
―Al principio cuesta un poco entrar en él. Pero merece la pena el esfuerzo. “Donde habite el olvido...”
―“... en los vastos jardines sin aurora...”
―¡Qué grande, don Julio! Se le echa mucho de menos por aquí. ¡Ójala nunca hubiese entrado por la puerta ese maldito cacharro! Un bibliotecario no es sólo algo que despacha libros. Un bibliotecario es alguien que sabe de libros, que ama a los libros. Ninguna máquina puede simular eso. 
―Gracias, amigo. En momentos tan malos como éste unas palabras como las tuyas se agradecen.

Y los dos viejos colegas se quedaron charlando sobre cómo había cambiado el mundo en poco tiempo, sobre cómo el invento de Apple había transformado la administración pública, mandando a la calle a miles de mujeres y hombres. 

***

El ex bibliotecario se sentó en el escritorio de su despacho y encendió la luz del flexo. Abrió el grueso volumen por el índice y buscó el capítulo que trataba sobre “software para inteligencias artificiales bibliotecarias”. Dentro de tres días tenía una entrevista de trabajo en una empresa de documentación y sabía que habría una prueba técnica. No le quedaba otra que comprender aquel galimatías como fuese. 

Pasaron las horas y el texto le parecía igual de hermético que la primera vez que lo leyó. Se preparó un cigarrillo de liar y lo encendió. Entre bocanada y bocanada de humo, se levantó de la silla y se dirigió a su pequeña biblioteca personal. Hizo un recorrido visual por sus libros favoritos, ordenados según los había ido descubriendo: “El Señor de los Anillos” de J. R. R. Tolkien; “Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury; “Campos de Castilla” de Antonio Machado; “La desolación de la quimera” de Luis Cernuda; “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde; “El lobo estepario” de Hermann Hesse; “Rayuela” de Julio Cortázar; “Ficciones” de Jorge Luis Borges; “La montaña mágica” de Thomas Mann y “El mundo como voluntad y representación” de Arthur Schopenhauer. Una sensación de angustia atenazó su garganta.

Entonces cerró el manual de golpe y lo apartó de su vista. Buscó entre los cajones del escritorio la vieja libreta Moleskine que le regaló el jefe de su primer empleo. Se cercioró de que había un recambio de tinta para su pluma estilográfica. Y comenzó a escribir. Sabía qué historia quería contar: La vida de un bibliotecario en una época que no necesitaba bibliotecarios. Y también sabía que otros ex bibliotecarios la leerían gustosamente.

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